El primer hombre

El primer hombre

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La Casa de los Inválidos estaba rodeada de un gran parque casi enteramente abandonado. Algunos inválidos se habían propuesto cultivar alrededor de la casa unos macizos de rosales y arriates de flores, además de un pequeño huerto rodeado de altas empalizadas de cañas secas. Pero más allá, el parque, que había sido magnífico, estaba abandonado. Inmensos eucaliptos, palmas reales, cocoteros, cauchos{151} de tronco enorme, cuyas ramas bajas echaban raíces más lejos formando un laberinto vegetal lleno de sombra y de secreto, cipreses espesos, sólidos, vigorosos naranjos, bosquecillos de laureles de una altura extraordinaria, rosados y blancos, dominaban las avenidas desdibujadas donde la arcilla se había tragado los guijarros, roídas por un revoltijo oloroso de terebintos, jazmines, clemátides, pasifloras, madreselvas y al pie un lozano tapiz de trébol, oxalídeas y hierbas silvestres. Pasearse por esa selva perfumada, arrastrarse por ella, meter la nariz en la hierba, desbrozar a cuchillo los pasajes enmarañados y salir con las piernas rasguñadas y la cara llena de agua era embriagador.






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