El primer hombre
El primer hombre Pero la fabricación de aterradores venenos ocupaba también gran parte de la tarde. Debajo de un banco de piedra adosado a un pedazo de pared cubierto de una parra silvestre, los niños habían acumulado todo un arsenal de tubos de aspirina, frascos de medicamentos o viejos tinteros, fragmentos de vajilla y tazas desportilladas que constituían su laboratorio. Allí, perdidos en lo más espeso del parque, al abrigo de las miradas, preparaban sus filtros misteriosos. La base era el laurel rosa, simplemente porque a menudo habían oído decir que su sombra era maléfica y que el imprudente que se dormía bajo el laurel no se despertaba nunca más. Las hojas y la flor del laurel, cuando llegaba la época, se machacaban largo rato entre dos piedras hasta formar una papilla malsana cuyo solo aspecto prometía una muerte terrible. Esa papilla expuesta al aire libre se cubría de inmediato de unas irisaciones particularmente espantosas. Entretanto, uno de los niños corría a llenar de agua una vieja botella. Llegado el momento se desmenuzaban las piñas de ciprés. Los niños estaban seguros de su malignidad por la razón incierta de que el ciprés es el árbol de los cementerios. Pero los frutos se recogían en el árbol, no en tierra, donde el resecamiento les daba un fastidioso aspecto de salud enjuta y dura.{152} A continuación se mezclaban las dos papillas en un viejo tazón, se diluían en agua y después se filtraban a través de un pañuelo sucio. El jugo así obtenido, de un verde inquietante, era manejado con todas las precauciones que se adoptan con un veneno fulminante. Lo transvasaban a tubos de aspirina o a frascos farmacéuticos que tapaban evitando tocar el líquido. Lo que quedaba se mezclaba con diferentes papillas, hechas con todas las bayas que podían recoger, para constituir series de venenos cada vez más potentes, cuidadosamente numerados y ordenados debajo del banco de piedra hasta la semana siguiente, a fin de que la fermentación volviera los elixires particularmente funestos. Una vez terminado ese tenebroso trabajo, J. y P. contemplaban en éxtasis la colección de frascos espantosos y husmeaban con deleite el olor amargo y ácido que subía de la piedra manchada de papilla verde. Por lo demás, esos venenos no estaban destinados a nadie. Los químicos calculaban el número de hombres que podían matar y en su optimismo llegaban a suponer que habían fabricado una cantidad suficiente para despoblar la ciudad. Sin embargo, nunca habían pensado que esas drogas mágicas pudieran librarlos de un compañero o de un profesor detestados. Pero es que en realidad no detestaban a nadie, lo cual llegaría a incomodarles mucho en la edad adulta y en la sociedad en que habrían de vivir.