El primer hombre
El primer hombre Pero los días mejores eran los de viento. Uno de los lados de la casa que daba al parque terminaba en lo que había sido en otro tiempo una terraza, cuya balaustrada de piedra yacía sobre la hierba al pie del amplio zócalo de cemento cubierto de baldosas rojas. Desde la terraza abierta por los tres lados se dominaba el parque y, más allá del parque, un barranco separaba la colina de Kouba de una de las mesetas del Sahel. Dada la orientación de la terraza los días en que se levantaba el viento del este, siempre violento en Argel, el viento la atacaba de frente. Esos días los niños corrían hacia las primeras palmeras, al pie de las cuales había siempre largas palmas secas. Raspaban la base para suprimir las púas y poder sujetarlas con las dos manos. Después, arrastrando las palmas, corrían hacia la terraza; el viento soplaba con rabia, silbando en los grandes eucaliptos, que agitaban enloquecidos sus ramas más altas, despeinando las palmeras, rozando con ruido de papel las anchas hojas barnizadas de los cauchos. Había que subir a la terraza, izar las palmas y dar la espalda al viento. Los niños asían entonces las palmas secas y crujientes con las dos manos, protegiéndolas en parte con sus cuerpos, y se volvían bruscamente. De un solo golpe la palma se adhería a ellos, respiraban su olor de polvo y de paja. El juego consistía entonces en avanzar contra el viento, levantando la palma cada vez más. El vencedor era el que podía llegar primero al extremo de la terraza sin que el viento le arrancase la palma de las manos, permanecer de pie enarbolándola en la punta de los brazos, con todo el peso apoyado en una pierna adelantada, y luchar victoriosamente y durante el mayor tiempo posible contra la fuerza rabiosa del viento. Allí, erguido, dominando aquel parque y aquella meseta bullente de árboles, bajo el cielo surcado a toda velocidad por enormes nubes, Jacques sentía que el viento venido de los confines del país bajaba a lo largo de la palma y de sus brazos para llenarlo de una fuerza y una exultación que le hacía lanzar largos gritos, sin parar, hasta que, con los brazos y los hombros rotos por el esfuerzo, abandonaba por fin la palma que la tempestad se llevaba de golpe junto con sus gritos. Y por la noche, en su cama, deshecho de cansancio, en el silencio del cuarto donde su madre dormía con un sueño ligero, seguía oyendo aullar el tumulto y el furor del viento, que amaría toda su vida.