El primer hombre
El primer hombre La biblioteca se abría tres veces por semana por la noche, después de las horas de trabajo, y el jueves durante toda la mañana. Una maestra joven, de físico más bien ingrato, que dedicaba gratuitamente unas horas de su tiempo a la biblioteca, sentada detrás de una mesa bastante ancha de madera sin pintar, se ocupaba del préstamo de libros. La habitación era cuadrada, las paredes enteramente cubiertas de anaqueles de madera desnuda y de libros encuadernados en tela negra. Había también una mesita con unas sillas para los que querían consultar rápidamente un diccionario, pues la biblioteca era sólo de préstamo, y un fichero alfabético que ni Jacques ni Pierre usaban nunca, pues su método consistía en pasearse delante de los anaqueles, elegir un libro por el título, y menos frecuentemente por su autor, anotar el número e inscribirlo en la ficha azul en la que se lo solicitaba. Para tener derecho al préstamo, bastaba con llevar un recibo de alquiler y pagar un derecho mínimo. El interesado recibía entonces una tarjeta plegable donde los libros prestados quedaban consignados al mismo tiempo que en el registro de la joven maestra.