El primer hombre

El primer hombre

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Cada libro, además, tenía un olor particular según el papel en que estaba impreso, olor fino, secreto en cada caso, pero tan singular que J. hubiera podido distinguir a ojos cerrados un volumen de la colección Nelson de las ediciones corrientes que publicaba entonces Fasquelle. Y cada uno de esos olores, aun antes de que empezara la lectura, arrebataba a Jacques a otro universo lleno de promesas ya [cumplidas] que empezaba a oscurecer la habitación donde se encontraba, a suprimir el barrio mismo y sus ruidos, la ciudad y el mundo entero, que desaparecería totalmente no bien empezada la lectura con una avidez loca, exaltada, que terminaba por sumirlo en una embriaguez total de la que no conseguían sacarlo ni siquiera las órdenes repetidas.{158}

—Jacques, por tercera vez, pon la mesa.

Al fin ponía la mesa, la mirada vacía y descolorida, un poco extraviado, como intoxicado por la lectura, volvía al libro como si nunca lo hubiera abandonado.

—Jacques, come.

Comía por fin un alimento que a pesar de su densidad, le parecía menos real y menos sólido que el que encontraba en los libros, después terminaba con él y reanudaba la lectura. A veces su madre se acercaba antes de ir a sentarse en su rincón.

—Es la biblioteca —decía. Pronunciaba mal esa palabra que oía de boca de su hijo y que no le decía nada, pero reconocía la cubierta de los libros.{159}


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