El primer hombre
El primer hombre —¿Ha dicho Cormery?
—Sà —decÃa la abuela ruborizada de emoción.
VenÃa el camino de cemento, el estrado, el chaleco del funcionario con la cadena del reloj, la sonrisa bondadosa del director, a veces la mirada amistosa de uno de sus profesores perdido en la multitud del estrado, después el regreso con música hacia las dos mujeres ya de pie, su madre mirándolo con una especie de alegrÃa asombrada, y él le entregaba la nutrida lista de premios para que la guardara, su abuela tomaba a los vecinos por testigos, todo transcurrÃa demasiado rápido después de la tarde interminable, y Jacques tenÃa prisa por volver a la casa y mirar los libros que le habÃan dado.{162}
Regresaban por lo general con Pierre y su madre,{163} la abuela comparaba en silencio la altura de las dos pilas de volúmenes. En casa Jacques cogÃa primero la lista de premios y, a petición de su abuela, doblaba las puntas de las páginas donde figuraba su nombre, para que pudiera mostrarlas a los vecinos y a la familia. Después hacÃa el inventario de sus tesoros. Y no habÃa terminado cuando veÃa volver a su madre ya desvestida, en pantuflas, abrochándose la bata de algodón y arrastrando su silla hacia la ventana. Ella le sonreÃa:
—Has estudiado mucho —le decÃa, y sacudÃa la cabeza mirándolo.