El primer hombre

El primer hombre

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A las dos una banda militar, invisible en la galería superior, atacaba La Marsellesa, todos los asistentes se ponían de pie y entraban los profesores, con sus bonetes cuadrados y sus largas togas de una etamina que cambiaba de color según la especialidad, y el director y el personaje oficial (generalmente un alto funcionario del Gobierno general) a quien correspondía aquel año la faena. Una nueva marcha marcial acompañaba la entrada de los profesores, e inmediatamente después el personaje oficial tomaba la palabra y daba su punto de vista sobre Francia en general y la instrucción en particular. Catherine Cormery escuchaba sin oír, pero sin manifestar jamás ni impaciencia ni hastío. La abuela oía sin entender demasiado. «Habla bien», decía a su hija, que la aprobaba con aire convencido, lo que animaba a la abuela a mirar a su vecino o vecina de la izquierda y a sonreírle, asintiendo con la cabeza el juicio que acababa de expresar. El primer año Jacques observó que su abuela era la única que llevaba el pañuelo negro de las viejas españolas, y se sintió incómodo. Nunca perdió, a decir verdad, esa falsa vergüenza; decidió sencillamente que no podía hacer nada cuando intentó tímidamente mencionar un sombrero a su abuela y ella le respondió que no tenía dinero para gastar y que, por lo demás, el pañuelo le abrigaba las orejas. Pero cuando su abuela se dirigía a sus vecinos durante la entrega de premios, sentía que se ruborizaba penosamente. Después del personaje oficial, se ponía de pie el profesor más joven, por lo general llegado ese año de la metrópoli y encargado tradicionalmente de pronunciar el discurso solemne. El discurso podía durar entre media y una hora, y el joven universitario nunca dejaba de mecharlo con alusiones culturales y sutilezas humanistas que lo hacían rigurosamente ininteligible para ese público argelino. Incluso la abuela demostraba su hastío mirando a otra parte. Sólo Catherine Cormery, atenta, recibía sin pestañear la lluvia de erudición y de ciencia que caía(161) sin parar sobre ella. En cuanto a Jacques, agitaba los pies, buscaba a Pierre y a los otros compañeros con la mirada, les hacía señales discretas y empezaba con ellos una larga conversación de muecas. Nutridos aplausos agradecían por fin al orador que hubiese tenido a bien concluir, y comenzaba la convocación de los laureados. Empezaban por los cursos superiores y, los primeros años, las dos mujeres pasaban la tarde entera esperando en sus sillas a que llegara por fin la clase de Jacques. Sólo los premios extraordinarios eran saludados por una fanfarria de la banda invisible. Los laureados, cada vez más jóvenes, se ponían de pie, cruzaban el patio, subían al estrado, recibían el apretón de manos del funcionario rociado de buenas palabras, y del director, que les entregaba el paquete de libros (después de recibirlo de un pasante que subía antes que el laureado desde la base del estrado, donde había unos cajones móviles llenos de libros). A continuación, el laureado bajaba al son de la música, en medio de los aplausos, con sus volúmenes bajo el brazo, encantado y buscando con la mirada a los felices padres que enjugaban sus lágrimas. El cielo se ponía un poco menos azul, perdía algo de su calor por una grieta invisible en algún lugar sobre el mar. Los laureados subían y bajaban, las fanfarrias se sucedían. Poco a poco el patio se vaciaba mientras el cielo empezaba a verse verde y llegaba el turno de la clase de Jacques. En cuanto ésta se anunciaba, cesaban sus chiquilladas y se ponía grave. Al oír su nombre, se levantaba, le zumbaba la cabeza. A sus espaldas, escuchaba apenas a su madre, que no había oído, decir a la abuela:


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