El primer hombre
El primer hombre Así, durante años, la vida de Jacques estuvo dividida desigualmente entre dos vidas que no era capaz de vincular entre sí. Durante doce horas, al redoble del tambor, en una sociedad de niños y de maestros, entre los juegos y el estudio. Durante dos o tres horas de vida diurna, en la casa del viejo barrio, junto a su madre, con la que se encontraba de verdad en el sueño de los pobres. Aunque su vida pasada fuese en realidad ese barrio, su vida presente y más aún su futuro estaban en el liceo. De modo que el barrio, en cierto modo, se confundía a la larga con la noche, con el dormir y con el sueño. Por lo demás, ¿existía ese barrio y no era acaso ese desierto en que se convirtió una noche para el niño que quedó inconsciente? Caída sobre el cemento… En todo caso, a nadie en el liceo podía hablarle de su madre y de su familia. A nadie en su familia podía hablarle del liceo. Ningún compañero, ningún profesor, durante todos los años que lo separaban del bachillerato, fue jamás a su casa. Y en cuanto a su madre y a su abuela, nunca iban al liceo, salvo una vez por año, para la distribución de premios, a comienzos de julio. Ese día, es cierto, entraban por la puerta principal, en medio de una multitud de parientes y de alumnos endomingados. La abuela se ponía el vestido y el pañuelo negro de las grandes salidas, Catherine Cormery un sombrero adornado con un tul castaño, uvas negras de cera y un vestido de verano también de color castaño, con los únicos zapatos de tacones medianos que tenía. Jacques llevaba una camisa blanca de cuello levantado y mangas cortas, un pantalón primero corto y después largo, pero siempre cuidadosamente planchado la víspera por su madre, y andando entre las dos mujeres, las llevaba al tranvía rojo, hacia la una de la tarde, las instalaba en una banqueta del primer coche y esperaba de pie, delante, mirando a través de los vidrios a su madre, que le sonreía de vez en cuando, y que verificaba durante todo el trayecto si el sombrero calzaba bien o si sus medias estaban derechas, o el lugar de la medallita de oro con la Virgen que llevaba colgada de una delgada cadena. En la plaza del Gobierno empezaba el camino cotidiano que el niño hacía una sola vez por año con las dos mujeres, a lo largo de toda la Rue Bab-Azoun. Jacques husmeaba la loción [Lampero] que su madre se había puesto generosamente para la ocasión, la abuela caminaba erguida y orgullosa, regañando a su hija, que se quejaba de los pies («Así aprenderás a no usar zapatos demasiado pequeños para tu edad»), mientras Jacques les mostraba incansablemente las tiendas y los comerciantes que habían ocupado un lugar tan importante en su vida. En el liceo, la puerta de honor estaba abierta, los tiestos con plantas adornaban de arriba abajo los dos lados de la escalera monumental que los primeros padres y los alumnos empezaban a subir, los Cormery, naturalmente, habían llegado con mucho adelanto, como siempre ocurre con los pobres, que tienen pocas obligaciones sociales y placeres, y que temen no ser puntuales.{160} Llegaban al patio de los mayores, lleno de sillas en hilera, alquiladas a una empresa de bailes y conciertos, y en el fondo, bajo el gran reloj, un estrado cortaba el patio a todo lo ancho, cubierto de sillones y sillas, adornado también con profusión de plantas verdes. El patio se iba llenando de los vestidos claros de las mujeres, que eran mayoría. Los primeros que llegaban escogían los lugares protegidos del sol, bajo los árboles. Los otros se abanicaban con pantallas árabes, de fina paja trenzada, orladas con pompones de lana roja. Por encima de los presentes, el azul del cielo, cada vez más intenso, se coagulaba cocinado por el calor.