El primer hombre

El primer hombre

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El agua caía de las cataratas del cielo, lavaba brutalmente los árboles, los tejados, las paredes y las calles polvorientas del verano. Barrosa, llenaba rápidamente las cunetas, gorgoteaba ferozmente en los sumideros, reventaba casi todos los años el alcantarillado y cubría las calzadas, se abría frente a los coches y los tranvías en dos alas amarillas bien perfiladas. En la playa y en el puerto el mar mismo se volvía barroso. Después el primer sol hacía humear las casas y las calles, la ciudad entera. El calor podía volver, pero ya no era el rey, el cielo estaba más abierto, la respiración era más dilatada y detrás del espesor de los soles, una palpitación de aire, una promesa de agua anunciaban el otoño y la reanudación de las clases.{169}

—El verano es demasiado largo —decía la abuela, que acogía con el mismo suspiro de alivio la lluvia de otoño y la partida de Jacques, cuyo deambular aburrido a lo largo de los días tórridos, en las habitaciones de persianas cerradas, contribuía a su irritación.

Además la abuela no comprendía que hubiera un periodo del año especialmente destinado a no hacer nada.

—Yo nunca he tenido vacaciones —decía, y era cierto, no había conocido ni la escuela ni el ocio, trabajaba desde niña y trabajaba sin descanso.


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