El primer hombre
El primer hombre De hecho, no era tan sencillo. Sin duda había en los avisos de la prensa ofertas de empleo como dependiente o recadero. Y la señora Bertaut, la lechera, cuya tienda olorosa a mantequilla (olor insólito para narices y paladares acostumbrados al aceite) estaba junto al local del peluquero, se los leía a la abuela. Pero los empleadores pedían siempre que los candidatos tuvieran quince años por lo menos, y era difícil mentir sin descaro sobre la edad de Jacques, que no era muy alto para sus trece años. Por otra parte, los anunciadores soñaban siempre con empleados que hicieran carrera en sus establecimientos. Los primeros a quienes la abuela (ataviada como siempre para las grandes ocasiones, incluido el famoso pañuelo) se presentó con Jacques, lo encontraron demasiado joven o bien se negaron categóricamente a tomar un empleado por menos de dos meses.
—Basta con decir que te quedas —dijo la abuela.
—Pero no es cierto.
—No importa. Te creerán.