El primer hombre
El primer hombre Cuando los dos hombres entraron, la mujer árabe los miró rápidamente con una risita y se volvió después hacia el fuego, ofreciendo siempre la palangana con sus brazos flacos y morenos. La patrona de la cantina los miró y exclamó alegremente:
—Ya no lo necesitamos, doctor. Vino solo.
Se puso de pie y los dos hombres vieron, cerca de la enferma, algo informe y ensangrentado, animado por una suerte de movimiento inmóvil, del que salía un ruido continuo, semejante a un chirrido subterráneo casi imperceptible.{10}
—Es fácil decirlo. Espero que no hayan tocado el cordón umbilical.
—No —dijo la mujer riendo—. Teníamos que dejarle algo a usted.