El primer hombre
El primer hombre Un gran fuego de sarmientos ardÃa ante ellos en la chimenea, iluminando la pieza más que la lámpara de petróleo que, con su cerco de cobre y cuentas de vidrio, colgaba en mitad del techo. A la derecha del fregadero se habÃa llenado rápidamente de jarros de metal y toallas. A la izquierda, delante de un pequeño aparador bamboleante, de madera sin pintar, estaba la mesa desplazada del centro. Un viejo bolso de viaje, una caja de sombreros, algunos bultos la cubrÃan. En todos los rincones de la habitación, viejas maletas, entre ellas un gran baúl de mimbre, apenas dejaban un espacio vacÃo en el centro, no lejos del fuego. En ese espacio, sobre el colchón perpendicular a la chimenea, estaba tendida la mujer, la cara un poco volcada hacia atrás sobre una almohada sin funda, el pelo ahora suelto. Las mantas sólo cubrÃan la mitad del colchón. A la izquierda, la patrona de la cantina, de rodillas, ocultaba la parte descubierta del colchón. Sobre una palangana retorcÃa una servilleta de la que goteaba un agua rosada. A la derecha, sentada con las piernas cruzadas, una mujer árabe sin velo sostenÃa en sus manos, en actitud de ofrenda, una segunda palangana esmaltada, un poco desportillada, donde humeaba el agua caliente. Las dos mujeres estaban instaladas en los dos extremos de una sábana doblada que pasaba por debajo de la enferma. Las sombras y las llamas de la chimenea subÃan y bajaban por las paredes encaladas, por los bultos que llenaban la habitación y, más cerca, arrebolaban las caras de las dos enfermeras y el cuerpo de la parturienta, hundido bajo las mantas.