El primer hombre

El primer hombre

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El patrón estaba en mangas de camisa y con el cuello abierto en su despacho recalentado.{172} A sus espaldas, una ventanita daba a un patio al que no llegaba el sol, aunque fueran las dos de la tarde. El hombre era bajito y gordo, tenía los pulgares metidos en unos anchos tirantes celestes y respiraba corto. No se veía bien la cara de la que salía la voz grave y ahogada que invitaba a la abuela a sentarse. Jacques respiraba el olor a hierro que reinaba en la casa. La inmovilidad del patrón le parecía dictada por la desconfianza, y sintió que le temblaban las piernas al pensar en las mentiras que habría que decir a ese hombre poderoso y temible. La abuela, en cambio, no temblaba. Jacques iba a cumplir quince años, tenía que ir abriéndose camino y empezar sin tardanza. Según el patrón, no parecía de quince años, pero si era inteligente… y a propósito, ¿tenía su diploma de estudios primarios? No, tenía una beca. ¿Qué beca? Para ir al liceo. ¿Así que iba al liceo? ¿En qué curso estaba? Segundo. ¿Y dejaba el liceo? La inmovilidad del patrón era todavía mayor, ahora se le veía mejor la cara y sus ojos redondos y lechosos iban de la abuela al niño. Jacques temblaba bajo esa mirada.

—Sí —dijo la abuela—. Somos demasiado pobres.

El patrón se aflojó imperceptiblemente.


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