El primer hombre
El primer hombre Cuando no aguantaba más, hirviendo literalmente en su silla, bajaba al patio detrás del almacén y se aislaba en los retretes a la turca, con sus paredes de cemento, apenas iluminados y donde reinaba el olor amargo de las meadas. En ese lugar oscuro cerraba los ojos y respirando el olor familiar, soñaba. Algo oscuro, ciego, se agitaba al nivel de su sangre y de la especie. Pensaba a veces en las piernas de la señora Raslin el día en que, arrodillado para recoger los alfileres que habían caído de una caja, al alzar la cabeza vio las rodillas separadas y los muslos entre el encaje de la ropa interior. Hasta ese momento nunca había visto lo que una mujer llevaba debajo de las faldas, y esa brusca visión le secó la boca y lo llenó de un temblor casi loco. Se le revelaba un misterio que, a pesar de sus experiencias incesantes, nunca agotaría.