El primer hombre

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En cambio, ese trabajo de oficina no venía de ninguna parte y no terminaba en nada. Vender y comprar, todo giraba en torno a esos actos mediocres e inapreciables. Aunque hasta entonces Jacques hubiera vivido en la pobreza, en la oficina descubría la vulgaridad y lloraba por la luz perdida. Sus colegas no eran responsables de esa sensación sofocante. Eran buenos con él, no le pedían nada con brusquedad e incluso la severa señora Raslin a veces le sonreía. Hablaban poco entre ellos, con esa mezcla de cordialidad jovial y de indiferencia propia de los argelinos. Cuando llegaba el patrón, un cuarto de hora después que ellos o cuando salía de su despacho para dar una orden o verificar una factura (para los asuntos serios, convocaba al viejo contable o al empleado interesado), los caracteres resultaban más comprensibles, como si aquellos hombres y aquellas mujeres sólo pudieran definirse en sus relaciones con el poder: el viejo contador descortés e independiente, la señora Raslin perdida en su sueño severo, y el auxiliar de contabilidad, por el contrario, de un perfecto servilismo. Pero durante el resto del día, volvían a meterse en su caparazón, y Jacques esperaba en su silla la orden que le diera la oportunidad de desplegar esa agitación irrisoria que su abuela llamaba el trabajo.{175}




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