El primer hombre

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En la agencia marítima el verano fue más agradable porque las oficinas daban al bulevar costanero y, sobre todo, porque una parte del trabajo se hacía en el puerto. Jacques debía subir a bordo de los barcos de todas nacionalidades que hacían escala en Argel y que el agente, un anciano rosado y guapo, de pelo rizado, representaba ante las diversas administraciones. Jacques llevaba los papeles de a bordo a la oficina, donde eran traducidos, y al cabo de una semana, él mismo se encargaba de traducir las listas de provisiones y ciertos conocimientos, cuando estaban redactados en inglés y dirigidos a las autoridades aduaneras o a las grandes casas importantes que acusaban recibo de las mercancías. Jacques debía ir regularmente al puerto mercante del Agha a buscar esos papeles. El calor asolaba las calles que bajaban al puerto. Las pesadas barandillas de hierro que las bordeaban ardían y no podía apoyarse en ellas la mano. En los vastos muelles, el sol hacía el vacío, salvo alrededor de los barcos que acababan de atracar, con el flanco apoyado en el muelle, donde se agitaban los dockers, vestidos con un pantalón azul arremangado hasta la pantorrilla, el rostro desnudo y bronceado, y en la cabeza un saco que cubría los hombros hasta los riñones y, así protegidos, cargaban las bolsas de cemento, de carbón o los fardos de borde afilado. Iban y venían por la pasarela que bajaba del puente al muelle, o bien entraban directamente en el vientre del carguero por la puerta de la cala abierta de par en par, cruzando rápidamente por un tablón el espacio entre la cala y el muelle. Detrás del olor a sol y polvo que subía de los muelles o de las cubiertas recalentadas donde se fundía la pez y ardían todos los herrajes, Jacques reconocía el olor particular de cada carguero. Los de Noruega olían a madera, los que venían de Dakar o los brasileños traían consigo un perfume de café y especias, los alemanes olían a aceite, los ingleses a hierro. J. trepaba por la pasarela, mostraba a un marinero, que no entendía, la tarjeta del agente. Después lo llevaban, a lo largo de las crujías, donde la sombra misma era caliente, a la cabina de un oficial o a veces del comandante.{176} Al pasar, miraba con codicia los pequeños camarotes estrechos y desnudos donde se concentraba lo esencial de una vida de hombre, y entonces empezó a preferirlos a las habitaciones más lujosas. Lo recibían con amabilidad, porque él también sonreía amablemente y porque le gustaban esos rostros de hombres rudos, esa mirada que cierta vida solitaria les daba a todos y que era perceptible. A veces uno de ellos hablaba un poco de francés y lo interrogaba. Después Jacques se marchaba, contento, hacia el muelle inflamado, los pasamanos ardientes y el trabajo de oficina. Esos trámites, con el calor, lo cansaban, dormía pesadamente y llegaba al mes de septiembre delgado y nervioso.


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