El primer hombre
El primer hombre Con alivio veÃa venir las jornadas de doce horas del liceo, al mismo tiempo que aumentaba su incomodidad sabiendo que deberÃa declarar en la oficina que dejaba su empleo. Lo peor fue la ferreterÃa. Hubiera preferido, cobardemente, no volver a la oficina y que la abuela diese cualquier explicación. Pero a ella le parecÃa muy sencillo suprimir todas las formalidades: no tenÃa más que recibir su paga y no volver más, sin mayores explicaciones. Jacques, que encontraba muy natural que su abuela apechugara con las furias del patrón, y en cierto modo ella era la responsable de la situación y de la mentira consiguiente, se indignaba, pero sin poder explicar por qué, ante esta manera de esquivar el bulto; además, habÃa encontrado el argumento convincente:
—Pero el patrón enviará alguien aquÃ.
—Es cierto —dijo la abuela—. Bueno, pues no tienes más que decirle que te has puesto a trabajar con tu tÃo.
Jacques ya se iba como aplastado por una maldición, cuando la abuela le advirtió:
—Y sobre todo, coge primero tu paga. Después se lo dices.
Al caer la noche el patrón convocaba en su cueva a cada uno de sus empleados para entregarles el sueldo.
—Toma, pequeño —dijo a Jacques tendiéndole el sobre.