El primer hombre
El primer hombre Jacques extendÃa ya su mano vacilante cuando el otro le sonrió.
—Has trabajado muy bien, ¿sabes? Puedes decirlo a tus padres.
Jacques habló y explicó que no volverÃa. El patrón lo miraba estupefacto, tendiéndole todavÃa el sobre.
—¿Por qué? HabÃa que mentir y la mentira no le salÃa. Jacques se quedó mudo y con un aire tan afligido que el patrón comprendió.
—¿Vuelves al liceo?
—Sà —dijo Jacques, y en medio de su miedo y su aflicción, un repentino alivio le llenó los ojos de lágrimas.
Furioso, el patrón se puso de pie.
—Y tú lo sabÃas cuando viniste. Y tu abuela también lo sabÃa.
Jacques sólo pudo asentir con la cabeza. Los estallidos de la voz del patrón llenaban la habitación; habÃan sido deshonestos y él, el patrón, detestaba la deshonestidad. ¿No sabÃa que tenÃa el derecho de no pagarle? Y serÃa un estúpido si lo hiciera, no, no le pagarÃa, que viniera su abuela, serÃa bien recibida; si le hubiesen dicho la verdad, tal vez lo habrÃa empleado, pero esa mentira, ¡ah!, «No puede seguir yendo al liceo, somos demasiado pobres», y se dejó tomar el pelo.