El primer hombre
El primer hombre —Este empieza bien —dijo la patrona de la cantina—. Con una mudanza.
En el rincón la mujer árabe se rió y batió palmas dos veces. Cormery la miró y ella se apartó, confundida.
—Bueno —dijo el médico—. Ahora déjennos un momento.
Cormery miró a su mujer. Pero ella seguÃa con la cabeza echada hacia atrás. Sólo las manos, extendidas sobre la burda manta, recordaban todavÃa la sonrisa que instantes antes habÃa llenado y transfigurado la miserable habitación. El hombre se puso la gorra y se encaminó hacia la puerta.
—¿Qué nombre le va a poner? —gritó la dueña de la cantina.
—No sé, no lo hemos pensado. —Lo miraba—. Le llamaremos Jacques, ya que usted estaba presente.
La mujer lanzó una carcajada y Cormery salió. Debajo de la parra, el árabe, siempre cubierto con la bolsa, esperaba. Miró a Cormery, que no le dijo nada.
—Ten —dijo el árabe, y le ofreció una punta de la bolsa.
Cormery se cubrió. SentÃa el hombro del viejo árabe y el olor de humo que desprendÃa su ropa, y la lluvia que caÃa en la bolsa por encima de sus dos cabezas.
—Es un niño —dijo sin mirar a su compañero.