El primer hombre
El primer hombre —Alabado sea Dios —respondió el árabe—. Eres un artista.
El agua llegada desde miles de kilómetros de distancia caÃa sin cesar sobre la turba, cavaba numerosos charcos, en los viñedos, más lejos, y los hilos de la alambrada seguÃan brillando bajo las gotas. No llegarÃa al mar por el este, y ahora inundarÃa todo el paÃs, las tierras pantanosas cerca del rÃo y las montañas circundantes, la inmensa tierra casi desierta cuyo olor poderoso llegaba hasta los dos hombres apretados bajo la misma bolsa, mientras un grito débil se repetÃa regularmente a sus espaldas.
Por la noche, tarde, Cormery, en calzoncillos largos y camiseta, tendido en un segundo colchón junto a su mujer, contemplaba la danza de las llamas en el techo. La habitación estaba ya bastante ordenada. Del otro lado de su mujer, en una cesta de ropa, el niño descansaba en silencio, con un débil gorgoteo. Su mujer también dormÃa, la cara vuelta hacia él, la boca un poco abierta. La lluvia se habÃa interrumpido. Al dÃa siguiente habrÃa que empezar el trabajo. Cerca de él la mano ya gastada, casi leñosa de su mujer, le hablaba también de ese trabajo. Tendió la suya, la apoyó suavemente sobre la mano de la enferma y, poniéndose boca arriba, cerró los ojos.