El primer hombre
El primer hombre En el hotel pidió la habitación que había reservado, rechazó los servicios de la camarera con cara de patata que quería llevarle el equipaje, a pesar de lo cual, después de que la mujer lo acompañara hasta su cuarto, le dio una propina que la sorprendió y devolvió la simpatía a su rostro. Después el viajero se lavó de nuevo las manos y volvió a bajar con el mismo paso vivo, sin cerrar con llave la puerta. En el hall encontró a la camarera, le preguntó dónde estaba el cementerio, recibió un exceso de explicaciones, las escuchó amablemente y se encaminó en la dirección indicada. Recorría ahora las calles estrechas y tristes, bordeadas de casas vulgares de feas tejas rojas. A veces algunas casas viejas de vigas aparentes dejaban ver de soslayo sus pizarras. Los escasos transeúntes ni siquiera se detenían delante de los escaparates que ofrecían las mercancías de vidrio, las obras maestras de plástico y de nailon, las cerámicas calamitosas que se encuentran en todas las ciudades del Occidente moderno. Sólo en las tiendas de alimentación se apreciaba la opulencia. El cementerio estaba rodeado de altos muros disuasivos. Cerca de la puerta, puestos de flores pobres y marmolerías. Delante de una de ellas el viajero se detuvo para mirar a un niño de aire despierto que hacía los deberes en un rincón sobre la piedra de una lápida, virgen aún de inscripción. Después entró y se encaminó a la casa del guardián. El guardián no estaba. El viajero esperó en el pequeño despacho pobremente amueblado, después vio un plano que estaba descifrando cuando entró el guardián. Era un hombre alto y nudoso, de nariz fuerte, que olía a transpiración bajo su gruesa chaqueta cerrada. El viajero preguntó por el sector de los muertos de la guerra de 1914.