El primer hombre
El primer hombre —Sà —dijo el guardián—, pero da igual. Fueron demasiados muertos. Jacques Cormery no contestó nada. Seguramente habÃan sido demasiados muertos, pero en lo que respectaba a su padre, no podÃa inventarse una compasión que no sentÃa. Desde que vivÃa en Francia, hacÃa años, se prometÃa hacer lo que su madre, que habÃa permanecido en Argelia, le pedÃa desde hacÃa tanto tiempo: ir a ver la tumba de su padre que ella misma jamás habÃa visto. A Jacques le parecÃa que esa visita no tenÃa ningún sentido, ante todo, para él, que no habÃa conocido a su padre, que ignoraba casi todo de lo que habÃa sido y le horrorizaban los gestos y los trámites convencionales, en segundo lugar, para su madre, que nunca hablaba del desaparecido y no podÃa imaginar nada de lo que él verÃa. Pero como su viejo maestro se habÃa retirado en Saint-Brieuc y de ese modo se le presentaba la oportunidad de volver a verle, resolvió visitar a ese muerto desconocido e incluso hacerlo antes de encontrar a su viejo amigo, para tras ello sentirse totalmente libre.
—Es aquà —dijo el guardián.
HabÃan llegado ante un sector cuadrado, rodeado por pequeños mojones de piedra gris unidos por una gruesa cadena pintada de negro. Las lápidas, numerosas, eran todas iguales, unos simples rectángulos grabados, situados a intervalos regulares en hileras sucesivas. Todas adornadas con un ramito de flores frescas.