El primer hombre
El primer hombre Malan parecía un chino, con su cara lunar, su nariz un poco chata, las cejas ausentes o casi, el pelo recortado como una gorra y un gran bigote que no alcanzaba a cubrir la boca espesa y sensual. El cuerpo mismo, blando y redondo, la mano regordeta de dedos amorcillados, hacían pensar en un mandarín enemigo de la carrera pedestre. Cuando entrecerraba los ojos mientras comía con apetito, era imposible no imaginarlo vestido de seda y con palillos entre los dedos. Pero su mirada lo cambiaba todo. Los ojos castaño oscuro, febriles, inquietos o repentinamente fijos, como si la inteligencia trabajara rápidamente sobre un punto preciso, eran los de un occidental de gran sensibilidad y cultura.
La vieja criada traía los quesos que Malan miraba ávidamente con el rabillo del ojo.