El primer hombre

El primer hombre

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La calle era cada vez más ruidosa y más frecuente el tránsito de los pesados tranvías rojos, con gran estruendo de hierros viejos. Cormery miraba a su madre, con una blusita gris animada por un cuello blanco, de perfil delante de la ventana, sentada en la incómoda silla [ ][39] que ocupaba siempre, la espalda un poco encorvada por la edad, pero sin buscar el apoyo del respaldo, las manos juntas y un pañuelito que a veces apretaba con sus dedos entumecidos y después abandonaba en el regazo entre las manos inmóviles, la cabeza siempre un poco vuelta hacia la calle. Era la misma de treinta años atrás, y bajo las arrugas, seguía encontrando la misma cara milagrosamente joven, los arcos superciliares lisos y pulidos, como si se fundieran en la frente, la pequeña nariz recta, la boca todavía bien dibujada, a pesar de la crispación de las comisuras de los labios sujetando la dentadura postiza. El cuello mismo, que tan pronto se arruina, conservaba su forma, a pesar de los tendones nudosos y del mentón un poco flojo.

—Has ido a la peluquería —dijo Jacques.

Ella sonrió con su aire de niña atrapada en falta:

—Sí, llegabas tú.


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