El primer hombre
El primer hombre Cuando llegó frente a la puerta, su madre la abrió y se arrojó en sus brazos. Y entonces, como cada vez que se encontraban, lo besó dos o tres veces, lo estrechó contra ella con todas sus fuerzas, y él sintió las costillas, los huesos duros y salientes de los hombros un poco temblorosos, mientras respiraba el suave olor de su piel, que le recordaba ese lugar, debajo de la nuez, entre los dos tendones yugulares, que ya no se atrevía a besarle, pero que le gustaba respirar y acariciar en su infancia las raras veces en que lo sentaba sobre sus rodillas y él fingía dormirse, con la nariz en ese pequeño hueco que tenía para él el olor, harto raro en su vida de niño, de la ternura. Ella lo besaba y, después de soltarlo, lo miraba y volvía a abrazarlo para besarlo una vez más como si, habiendo medido todo el amor que podía sentir por él o expresarle, hubiera decidido que aún faltaba una dosis. «Hijo mío», decía, «estabas lejos.»{38} Y después, inmediatamente después, se volvía, entraba en el apartamento y se sentaba en el comedor, que daba a la calle, como si ya no pensara más en él ni en nada, e incluso lo miraba a veces con una expresión extraña, como si en ese momento, o por lo menos ésa era la impresión que daba, Jacques estuviera de más y perturbara el universo estrecho, vacío y cerrado donde su madre se movía solitaria. Aquel día, para colmo, cuando se sentó a su lado, parecía como habitada por una especie de inquietud y miraba de vez en cuando a la calle, furtivamente, con su hermosa mirada sombría y afiebrada que se sosegaba cuando la volvía hacia Jacques.