El primer hombre
El primer hombre Estuvo por decir: «Estás muy bonita» y se detuvo. Siempre lo había pensado de su madre y nunca se había atrevido a decírselo. No porque temiera un rechazo o porque dudara de que ese cumplido le gustase. Sino porque hubiera sido franquear la barrera invisible detrás de la cual siempre la había visto parapetada —dulce, cortés, conciliadora, incluso pasiva, y sin embargo jamás conquistada por nada ni por nadie, aislada en su semisordera, en su dificultad de lenguaje, bella seguramente pero casi inaccesible, tanto más cuanto más sonriente parecía y cuanto más se volcaba hacia ella su corazón—, sí, toda la vida había tenido el mismo aire temeroso y sumiso, y sin embargo distante, los mismos ojos con los que veía, treinta años atrás, sin intervenir, cómo su madre lo castigaba con el látigo, ella, que jamás había tocado, realmente ni siquiera reprendido, a sus hijos, ella, a quien sin duda esos golpes también dolían pero que, inhibida por la fatiga, por la incapacidad de expresión y por respeto a su madre, lo permitía, había aguantado durante días y años los golpes a sus hijos, como aguantaba para ella misma la dura jornada de trabajo al servicio de los demás, los suelos lavados de rodillas, la vida sin hombre y sin consuelo entre los restos engrasados y la ropa sucia de los otros, los largos días de faena acumulados de una existencia que, a fuerza de estar privada de esperanza, había perdido todo resentimiento, una vida ignorante, obstinada, resignada a todos los sufrimientos, tanto los suyos como los ajenos. Nunca la había oído quejarse, salvo para decir que estaba cansada o que le dolían los riñones después de haber lavado mucha ropa. Nunca le había oído hablar mal de nadie, salvo para decir que una hermana o una tía no eran buenas con ella, o eran «orgullosas». Pero rara vez la había oído reírse a carcajadas. Se reía un poco más ahora que no trabajaba, pues sus hijos cubrían todas sus necesidades. Jacques miraba el cuarto que tampoco había cambiado. No había querido abandonar ese apartamento en el que tenía sus costumbres, ese barrio donde todo le era fácil, por otro más cómodo pero en el que todo resultaría más difícil. Sí, era la misma habitación. Habían cambiado los muebles, que eran ahora decentes y menos miserables. Pero seguían estando desnudos, pegados a la pared.