El primer hombre
El primer hombre —Siempre andas hurgando —dijo su madre.
SÃ, no podÃa dejar de abrir el aparador, que contenÃa siempre lo estrictamente necesario, a pesar de sus súplicas, y cuya desnudez le fascinaba. AbrÃa también los cajones del trinchante, donde se guardaban los dos o tres medicamentos que se consideraban suficientes en la casa, mezclados con dos o tres periódicos viejos, pedazos de cordel, una cajita de cartón llena de botones sueltos, una vieja foto de identidad. Allà incluso lo superfluo era pobre, porque lo superfluo nunca se utilizaba. Y Jacques sabÃa que, instalada en una casa normal donde los objetos abundaran como en la suya, su madre sólo utilizarÃa lo estrictamente necesario. SabÃa que en el cuarto de su madre, al lado, amueblado con un pequeño armario, una cama angosta, un tocador de madera y una silla de anea, con la única ventana y su cortina de croché, no encontrarÃa absolutamente ningún objeto, salvo el pañuelito arrugado que abandonaba en la madera desnuda del tocador.