El primer hombre
El primer hombre Justamente lo que le sorprendió al descubrir otras casas, fuesen las de sus compañeros de liceo o más tarde las de un mundo más rico, era la cantidad de floreros, copas, estatuillas, cuadros que atiborraban las habitaciones. En su casa decÃan «el florero que está sobre la chimenea», el tiesto, los platos hondos, y los pocos objetos que habÃa, no tenÃan nombre. En cambio, en casa de su tÃo, se mostraba la cerámica flameada de los Vosgos, se comÃa en el servicio de Quimper. El habÃa crecido en una pobreza desnuda como la muerte, entre sustantivos comunes; en casa de su tÃo descubrÃa los sustantivos propios. Y todavÃa hoy, en la habitación de baldosas recién lavadas, en los muebles simples y brillantes, no habÃa más que un cenicero árabe de cobre repujado sobre el trinchante, en previsión de su llegada, y el calendario de Correos en la pared. Nada para ver y poco que decir, por eso lo ignoraba todo de su madre, salvo lo que él mismo conocÃa. También de su padre.
—¿Papá?
Ella lo miraba atenta.{41}
—SÃ.
—¿Se llamaba Henri y qué más?
—No sé.
—¿No tenÃa otros nombres?
—Creo que sÃ, pero no me acuerdo.
Súbitamente distraÃda, miraba la calle donde el sol daba ahora con todas sus fuerzas.