El primer hombre
El primer hombre Habían encontrado los cadáveres desfigurados, la casa ensangrentada hasta el techo y, debajo de una de las camas, al más pequeño, que respiraba todavía y moriría también, pero que había tenido fuerzas para escribir en la pared encalada, con el dedo empapado en sangre: «Fue Pirette». Perseguido, el asesino fue hallado en el campo, medio alelado. La opinión pública, horrorizada, reclamó una pena de muerte que no le fue escatimada, y la ejecución tuvo lugar en la cárcel de Barberousse, en presencia de una multitud considerable. El padre de Jacques se levantó por la noche para asistir al castigo ejemplar de un crimen que, según la abuela, le indignaba. Pero nunca se supo lo que había pasado. Al parecer, la ejecución tuvo lugar sin incidentes. Pero el padre de Jacques volvió lívido, se acostó, se levantó para ir a vomitar varias veces, volvió a acostarse. Después nunca quiso hablar de lo que había visto. Y la noche en que escuchó este relato, el propio Jacques, tendido al borde de la cama para no tocar a su hermano, con el que dormía, hecho un ovillo, contenía una náusea de horror, machacando los detalles que le habían contado y los que imaginaba. Y esas imágenes lo persiguieron por la noche, repitiéndose de vez en cuando, pero regularmente, en una pesadilla privilegiada, diferente cada vez pero con un solo tema: venían a buscarlo a él, a Jacques, para ejecutarlo. Y durante mucho tiempo, al despertar, se había sacudido el miedo y la angustia y recuperado con alivio la buena realidad, donde en rigor no existía posibilidad alguna de que fuera ejecutado. Hasta que, ya en edad adulta, la historia a su alrededor llegó a mostrarle que una ejecución, en cambio, era un acontecimiento previsible, no inverosímil, y la realidad ya no aliviaba sus sueños, sino que alimentó durante años muy [precisos] la misma angustia que había trastornado a su padre y que éste le legara como única herencia evidente y segura. Era, sin embargo, un vínculo misterioso el que lo ligaba al muerto desconocido de Saint-Brieuc (que tampoco habría pensado, después de todo, que fuese a morir de muerte violenta) pasando por encima de su madre, que había conocido esta historia, visto los vómitos y olvidado aquella mañana, así como ignoraba que los tiempos eran otros. Para ella eran siempre los mismos, y la desgracia podía aparecer en cualquier momento, sin avisar.