El primer hombre
El primer hombre La abuela,{55} en cambio, tenía una idea más justa de las cosas. «Terminarás en el cadalso», le repetía con frecuencia a Jacques. Por qué no, no tenía ya nada de excepcional. Ella no lo sabía, pero tal como era, nada la hubiera sorprendido. Erguida, con su largo vestido negro de profetisa, ignorante y obstinada, por lo menos ella no había conocido nunca la resignación. Y había dominado más que nadie la infancia de Jacques. Criada por sus padres mahoneses en una pequeña finca del Sahel, se había casado muy joven con otro mahonés, fino y frágil, cuyos hermanos se habían instalado en Argelia en 1848 después de la muerte trágica del abuelo paterno, poeta a sus horas, que componía sus versos montado en una burra y recorriendo los caminos de la isla entre los muretes de piedra seca que separan los huertos. Durante uno de esos paseos, engañado por la silueta y el sombrero negro de alas anchas, un marido burlado, creyendo castigar al amante, fusiló por la espalda a la poesía y a un modelo de virtudes familiares que, sin embargo, no había dejado nada a sus hijos. El resultado lejano de ese trágico malentendido por el que un poeta encontraría la muerte, fue el asentamiento en el litoral argelino de una cantidad de chiquillos analfabetos que se reprodujeron lejos de las escuelas, uncidos solamente a un trabajo extenuante bajo un sol feroz. Pero el marido de la abuela, a juzgar por las fotos, había conservado algo del abuelo inspirado, y su rostro flaco, bien dibujado, de mirada soñadora, coronado por una frente alta, no lo señalaba evidentemente para resistir a la joven, bella y enérgica esposa. La mujer le dio nueve hijos, dos de los cuales murieron en la primera infancia, mientras una tercera se salvaba a costa de una invalidez y el último nacía sordo y casi mudo. En la pequeña finca oscura, sin descuidar su parte del duro trabajo común, criaba su prole, con un largo palo cerca cuando estaba sentada en la punta de la mesa, lo que le ahorraba toda observación vana, pues el culpable recibía de inmediato un golpe en la cabeza. Reinaba exigiendo respeto a ella y a su marido, a quien los hijos debían tratar de usted, según la costumbre española. El hombre no gozaría durante mucho tiempo de ese respeto: murió prematuramente, gastado por el sol y el trabajo, y quizá por el matrimonio, sin que Jacques pudiera saber jamás de qué enfermedad. Cuando se quedó sola, la abuela liquidó la pequeña finca y se estableció en Argel con los niños menores, mientras los otros empezaron a trabajar como aprendices.