El primer hombre

El primer hombre

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Una vez montada la escopeta, el tío se la pasaba. Jacques la recibía con respeto y, provisto de un viejo trapo de lana, sacaba brillo a los cañones. Entretanto, el tío preparaba los cartuchos. Ordenaba unos cilindros de cartón de color vivo con casquillo de cobre en una cartera, de la que sacaba además unos frascos de metal en forma de cantimplora que contenían la pólvora y los perdigones y la borra de fieltro pardo. Llenaba cuidadosamente los tubos de pólvora y borra. Después sacaba una maquinita en la que se encajaban los cilindros y, con una pequeña manivela, accionaba una cápula que enrollaba hasta el nivel de la borra la punta de los cilindros de cartón. A medida que los cartuchos estaban listos, Ernest los iba pasando uno por uno a Jacques, quien los acomodaba religiosamente en la cartuchera. Por la mañana Ernest daba la señal de partida poniéndose la pesada cartuchera alrededor del vientre, ensanchado por dos espesos jerséis. Jacques se la abrochaba a la espalda. Y Brillant, que desde el principio iba y venía en silencio, acostumbrado a dominar su alegría para no despertar a nadie, se incorporaba sobre las patas traseras apoyándose en su amo, las patas delanteras contra el pecho de éste, y alargando el cuello y el lomo trataba de lamer amplia y vigorosamente el rostro amado.




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