El primer hombre

El primer hombre

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En la noche que empezaba a clarear y en la que flotaba el olor todavía nuevo de los ficus, partían apresuradamente rumbo a la estación del Agh, y el perro los precedía a toda velocidad en una gran carrera zigzagueante que terminaba a veces en resbalones sobre las aceras mojadas por la humedad de la noche, después volvía no menos rápido, visiblemente enloquecido por el temor de haberlos perdido, Étienne con la escopeta invertida en su funda de gruesa tela, además de un morral y un zurrón, Jacques con las manos en los bolsillos de su pantalón corto y una gran mochila en bandolera. En la estación estaban los amigos, con sus perros que no soltaban al amo más que para inspeccionar rápidamente debajo de la cola de sus congéneres. Estaban Daniel y Pierre,{72} los dos hermanos, compañeros de taller de Ernest, Daniel siempre risueño y lleno de optimismo, Pierre más estricto, más metódico, siempre sagaz en sus opiniones sobre la gente y las cosas. Estaba también Georges, que trabajaba en la fábrica de gas, pero que de vez en cuando participaba en combates de boxeo con los cuales redondeaba sus ingresos. Y con frecuencia se les unían dos o tres hombres más, todos buenos muchachos, por lo menos en esas ocasiones, felices de poder escapar por un día del taller, del apartamento estrecho y atestado, a veces de la mujer, con ese abandono y esa tolerancia divertida característica de los hombres cuando están entre ellos para darse un placer breve y violento. Se encaramaban con entusiasmo a uno de esos vagones en los que todos los compartimientos se abren al estribo, se pasaban los zurrones, hacían subir a los perros y se instalaban al fin contentos de sentirse juntos, de compartir el mismo calor. Jacques aprendió esos domingos que la compañía de los hombres era buena y que podía ser un alimento para el corazón. El tren se ponía en marcha, después tomaba velocidad con cortos jadeos y un breve pitido adormilado de vez en cuando. Atravesaban una parte del Sahel y ya en los primeros campos, curiosamente, aquellos hombres fornidos y ruidosos callaban y miraban nacer el día sobre las tierras cuidadosamente cultivadas donde la bruma de la mañana se arrastraba en jirones por empalizadas de altas cañas secas que separaban los solares. De vez en cuando unos grupos de árboles se deslizaban por el vidrio, con la alquería encalada a la que protegían y en la que todo dormía. Un pájaro desalojado del foso que bordeaba el terraplén se alzaba de golpe hasta la altura de los pasajeros, para volar en la misma dirección del tren, como si quisiera competir en velocidad con él, hasta que, bruscamente, tomaba la dirección perpendicular a la marcha del tren y era entonces como si de pronto se despegara del vidrio y el viento de la carrera lo proyectara hacia atrás. El horizonte verde se ponía rosado y después viraba bruscamente al rojo, el sol aparecía y subía visiblemente por el cielo, sorbía las brumas en toda la superficie de los campos, seguía subiendo y de golpe en el compartimiento hacía calor, los hombres se quitaban primero un jersey y después el otro, aquietaban a los perros, que también se agitaban, intercambiaban bromas y Ernest ya contaba a su manera historias manducatorias, de enfermedades y también [de] peleas en las que siempre llevaba las de ganar. De vez en cuando uno de los amigos interrogaba a Jacques sobre la escuela, después se hablaba de otra cosa o bien lo tomaban de testigo a propósito de la mímica de Ernest. «¡Tu tío es un hacha!»


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