El primer hombre
El primer hombre El paisaje cambiaba, se volvÃa más rocoso, el roble reemplazaba al naranjo, y el trencito respiraba cada vez más agitado y soltaba grandes chorros de vapor. De pronto hacÃa más frÃo, pues la montaña se interponÃa entre el sol y los viajeros, y se notaba entonces que no eran más de las siete. Finalmente, el tren silbaba por última vez, aminoraba la marcha, tomaba con lentitud una curva cerrada y desembocaba en una pequeña estación solitaria del valle, al servicio exclusivo de unas minas lejanas, desierta y silenciosa, rodeada de grandes eucaliptos cuyas hojas como hoces se estremecÃan en la brisa de la mañana. Bajaban en el mismo alboroto, los perros precipitándose desde el compartimiento sin acertar con los dos peldaños empinados del vagón, los hombres haciendo de nuevo una cadena para bajar los morrales y las escopetas. Pero a la salida de la estación, que daba directamente a las primeras pendientes, el silencio de una naturaleza salvaje ahogaba poco a poco las interjecciones y los gritos, el pequeño tropel terminaba por subir la cuesta en silencio, los perros trazaban alrededor infatigables arabescos. Jacques no dejaba que sus vigorosos compañeros lo sobrepasaran. Daniel, su preferido, le habÃa cogido la mochila, pese a sus protestas, pero de todos modos tenÃa que redoblar el paso para seguir a la altura del grupo, y el aire afilado de la mañana le quemaba los pulmones. Por fin, al cabo de una hora desembocaban en el borde de una enorme meseta cubierta de robles enanos y de enebros, con ondulaciones poco marcadas y sobre la cual se extendÃa un inmenso cielo fresco y ligeramente soleado. Era el terreno de caza. Los perros, como si se les hubiera avisado, volvÃan a agruparse alrededor de los hombres. Estos se concertaban para reencontrarse en el almuerzo, a las dos de la tarde, en un bosquecillo de pinos donde habÃa un pequeño manantial bien situado al borde de la meseta y desde donde la vista se extendÃa sobre el valle y la llanura lejana. PonÃan de acuerdo los relojes. Los cazadores se agrupaban en parejas, silbaban a sus perros y partÃan en direcciones diferentes. Ernest y Daniel formaban equipo. Jacques recibÃa el morral, que con precaución se colgaba en bandolera. Desde lejos Ernest anunciaba a los otros que volverÃa con más conejos y perdices que nadie. Se reÃan, saludaban con la mano y desaparecÃan.