El primer hombre

El primer hombre

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Entonces empezaba para Jacques una embriaguez que le dejaría en el corazón una maravillada nostalgia. Los dos hombres, a dos metros uno de otro pero a la misma altura, el perro delante, él siempre atrás, y el tío con su mirada súbitamente salvaje y astuta, verificaba a cada instante que mantenía la distancia, y era entonces la marcha silenciosa e interminable a través de los matorrales, de los que salía a veces con un grito penetrante un pájaro desdeñado, la bajada al fondo de pequeños barrancos llenos de olores, la subida hacia el cielo, radiante y cada vez más caliente, el calor que aumentaba resecando a toda velocidad la tierra todavía húmeda a la hora de la partida. Unas detonaciones del otro lado del barranco, el castañeteo seco de una bandada de perdices de color tierra que el perro había levantado, la doble detonación, repetida casi en seguida, la carrera del perro, que volvía con los ojos desorbitados, el hocico lleno de sangre y un puñado de plumas que Ernest y Daniel le quitaban y que, instantes después, Jacques recibía con una mezcla de excitación y de horror, la búsqueda de otras víctimas, cuando las habían visto caer, los gañidos de Ernest, que se confundían a veces con los de Brillant, y de nuevo la marcha, Jacques ahora encorvado bajo el sol a pesar del sombrerito de paja, mientras alrededor la meseta empezaba a vibrar sordamente como un yunque bajo el martillo del sol, y a veces una nueva detonación o dos, nunca más, pues uno solo de los cazadores había visto escapar la liebre o el conejo condenado de antemano si lo apuntaba Ernest, siempre diestro como un mono y corriendo ahora casi tan rápido como su perro, gritando como él para recoger por las patas de atrás el animal muerto y mostrarlo de lejos a Daniel y Jacques, que llegaban jubilosos y sin aliento. Jacques abría bien el morral para recibir el nuevo trofeo antes de reanudar la marcha, vacilando bajo el sol, su señor, y así, durante horas sin frontera en un territorio sin límites, la cabeza perdida en la luz incesante y en los inmensos espacios del cielo, Jacques se sentía el niño más rico del mundo. Al regresar al lugar del almuerzo, los cazadores seguían acechando la ocasión, pero ya sin entusiasmo. Arrastraban los pies, se enjugaban la frente, tenían hambre. Iban llegando unos tras otros, mostrándose de lejos las presas, burlándose de los que regresaban con las manos vacías, afirmando que eran siempre los mismos, relatando todos al mismo tiempo sus hazañas, añadiendo cada uno un detalle particular. Pero el gran aedo era Ernest, que terminaba por acaparar la palabra y mimar con una justeza de gestos —que Jacques y Daniel estaban en condiciones de juzgar— la salida de los perdigones, el conejo que se precipita dando dos rodeos y rueda sobre el lomo como un jugador de rugby que marca un ensayo detrás de la línea de gol. Entretanto, Pierre, metódico, vertía el anisete en los cubiletes de metal que cada uno le había entregado y los llenaba de agua fresca en el manantial que corría débilmente al pie de los pinos. Instalaban una especie de mesa cubierta de paños de cocina, y cada uno sacaba sus provisiones. Pero Ernest, que tenía talento de cocinero (las partidas de pesca del verano siempre empezaban con una bouillabaisse que preparaba en el lugar mismo con tan poca compasión por las especias que hubiera quemado una lengua de tortuga), preparaba unos palillos afilados en la punta, los introducía en los trozos de la sobrasada que llevaba, y en un pequeño fuego los asaba hasta que estallaban y un jugo rojo caía en las brasas, crepitaba y se incendiaba. Entre dos rebanadas de pan ofrecía las sobrasadas ardiendo y perfumadas, que todos acogían con exclamaciones y que devoraban regándolas con el vino rosado que ponían a refrescar en el manantial. Después, venían las risas, las historias de trabajo, las bromas que Jacques, con la boca y las manos pegajosas, sucio, extenuado, escuchaba apenas, vencido por el sueño. Pero en realidad el sueño los iba venciendo a todos y durante un rato dormitaban, mirando vagamente a lo lejos la llanura, cubierta de calina, o bien, como Ernest, dormían a pierna suelta, la cara cubierta por un pañuelo. Pero a las cuatro había que bajar para tomar el tren, que pasaba a las cinco y media. Ahora estaban en el compartimiento, agobiados por el cansancio, los perros agotados dormían debajo de las banquetas o entre las piernas de los amos, con un sueño pesado poblado de sueños sanguinarios. En las inmediaciones de la llanura empezaba a caer la tarde y después venía el rápido crepúsculo africano, y la noche, siempre angustiosa en esos grandes paisajes, se iniciaba sin transición. Más tarde, en la estación, premiosos por regresar y cenar para acostarse temprano a causa del trabajo del día siguiente, se separaban sin más en la oscuridad, casi sin palabras, pero con grandes palmadas de amistad. Jacques los oía alejarse, escuchaba sus voces rudas y efusivas, las amaba. Después imitaba el paso de Ernest, siempre animoso, mientras él arrastraba los pies. Cerca de la casa, en la calle oscura, el tío se volvía hacia él: «¿Estás contento?». Jacques no contestaba. Ernest reía y silbaba a su perro. Pero unos pasos después, el niño deslizaba su mano pequeña en la mano dura y callosa de su tío, que la apretaba muy fuerte, y volvían así, en silencio.


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