El primer hombre

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{73}{74} Y, sin embargo, Ernest era capaz de cóleras tan inmediatas y absolutas como sus placeres. La imposibilidad de hacerle entrar en razón o de discutir simplemente con él hacía que esas cóleras fuesen muy parecidas a un fenómeno natural. A una tormenta se la ve venir y se espera que estalle. No hay nada más que hacer. Como muchos sordos, Ernest tenía el olfato muy desarrollado (salvo cuando se trataba de su perro). Este privilegio le proporcionaba muchas alegrías, cuando aspiraba el olor de la sopa de guisantes majados o de los platos que más le gustaban, calamares en su tinta, tortilla con chorizo o ese guiso de asaduras, hecho con corazón y pulmones de buey, borgoñón de los pobres, que era el triunfo de la abuela y que, por su modicidad, aparecía con frecuencia en la mesa, o cuando se rociaba los domingos con el agua de colonia barata o la loción llamada [Pompeia] (que también usaba la madre de Jacques), cuyo perfume dulce y tenaz, con fondo de bergamota, rondaba siempre en el comedor y en el pelo de Ernest, y él olía profundamente en el frasco, con aire extasiado… Pero su sensibilidad extrema era también causa de disgustos. No toleraba ciertos olores imperceptibles para narices normalmente constituidas. Por ejemplo, adquirió la costumbre de husmear su plato antes de empezar a comer y se ponía rojo de cólera cuando descubría lo que para él era olor a huevo. La abuela cogía a su vez el plato sospechoso, lo olía, declaraba que no sentía nada, después lo pasaba a su hija para obtener su parecer. Catherine Cormery pasaba su nariz delicada por la porcelana y sin olisquear siquiera, declaraba con voz suave que no, no olía. Todos olían los otros platos para fundamentar mejor el juicio definitivo, salvo los niños que comían en escudillas de lata. (Por razones por lo demás misteriosas, acaso la escasez de vajilla o, como pretendió un día la abuela, para evitar las roturas, cuando ni él ni su hermano tenían manos torpes. Pero las tradiciones familiares suelen no tener fundamentos más sólidos, y los etnólogos me hacen reír cuando buscan la razón de tantos ritos misteriosos. El verdadero misterio, en muchos casos, es que no hay razón ninguna.) Después la abuela pronunciaba el veredicto: no olía. En realidad nunca hubiera pronunciado otro, sobre todo si era ella la que había lavado los platos la víspera. Su honor de ama de casa le impedía ceder. Entonces estallaba la verdadera cólera de Ernest, tanto más cuanto que no encontraba palabras para expresar su convicción.{75} Había que dejar que reventase la tormenta, aunque terminara por no querer comer, o por picotear como con asco en el plato que la abuela había cambiado, o se levantara de la mesa y saliera declarando que iba al restaurante, tipo de establecimiento que por lo demás nunca había pisado, como nadie de la casa, aunque la abuela, cada vez que un descontento se levantaba de la mesa, no dejaba de pronunciar la frase fatídica: «Vete al restaurante». El restaurante era para todos, desde entonces, como uno de esos lugares pecaminosos, de falaz seducción, donde todo parece fácil, puesto que se puede comprar, pero cuyas primeras y culpables delicias el estómago tarde o temprano paga muy caras. En todo caso, la abuela no contestaba nunca a las cóleras de su benjamín. Por una parte, porque sabía que era inútil, por otra, porque siempre había tenido por él una extraña debilidad, que Jacques, en cuanto tuvo algunas lecturas, atribuyó al hecho de que Ernest era inválido (cuando hay tantos ejemplos de padres que, contrariando este prejuicio, se apartan del hijo disminuido) y que comprendió mejor más tarde, un día en que, al sorprender la mirada clara de su abuela, súbitamente suavizada por una ternura que nunca le había conocido, se volvió y vio a su tío poniéndose la chaqueta de los domingos. Adelgazado por la tela oscura, el rostro fino y joven, recién afeitado, cuidadosamente peinado, por excepción de cuello limpio y corbata, con ese aire de pastor griego endomingado, Ernest se le apareció como era, es decir, muy guapo. Y comprendió entonces que la abuela amaba físicamente a su hijo, estaba enamorada, como todo el mundo, de la gracia y la fuerza de Ernest, y que su debilidad excepcional por él era después de todo muy común, nos ablanda más o menos a todos, por lo demás deliciosamente, y contribuye a hacer el mundo soportable: es la debilidad ante la belleza.


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