El primer hombre
El primer hombre Jacques recordaba también otro arrebato de cólera del tío Ernest, éste más grave, porque había estado a punto de terminar en una pelea con el tío Joséphin, el que trabajaba en los ferrocarriles. Joséphin no dormía en la casa de su madre (y a decir verdad, ¿dónde hubiera podido dormir?). Tenía una habitación en el barrio (habitación donde por otra parte no invitaba a nadie de la familia y que Jacques, por ejemplo, nunca había visto) y tomaba sus comidas en casa de su madre, a cambio de una pequeña pensión. Imposible imaginar nada más diferente de Ernest que su hermano Joséphin. Unos diez años mayor, bigote breve y pelo cortado al cepillo, era también más macizo, más encerrado y sobre todo más calculador. Ernest lo acusaba usualmente de avaricia. Lo cierto es que se expresaba con más sencillez: «Ese, un mzabí». Los mzabíes eran para Ernest los almaceneros del barrio, que, en efecto, venían del Mzab y vivían años enteros con nada y sin mujer en sus trastiendas con olor a aceite y canela, para mantener a sus familias en las cinco ciudades del Mzab, en pleno desierto, donde la tribu de heréticos, una suerte de puritanos del Islam perseguidos a muerte por la ortodoxia, habían aterrizado siglos atrás, en un lugar elegido con la seguridad de que nadie se lo disputaría, pues no había más que piedras, tan lejos del mundo civilizado de la costa como un planeta resquebrajado y sin vida puede estarlo de la Tierra, y donde se instalaron para fundar cinco ciudades, en torno a unos avaros puntos de agua, imaginando esa extraña ascesis de enviar a las ciudades de la costa a los hombres válidos para que ejercieran el comercio a fin de mantener esa creación del espíritu y sólo del espíritu, hasta que, sustituidos por otros, regresaran a disfrutar, en sus fortificadas ciudades de tierra y adobe, del reino por fin conquistado para su fe. La vida enrarecida, la aspereza de esos mzabíes sólo podían juzgarse en función de sus objetivos profundos. Pero la población obrera del barrio, ignorante del Islam y sus herejías, sólo veía las apariencias. Y para Ernest, como para todo el mundo, comparar a su hermano con un mzabí equivalía a compararlo con Harpagón. A decir verdad, Joséphin vigilaba el céntimo, al contrario de Ernest, que, según la abuela, tenía «el corazón en la mano». (Es cierto que cuando estaba furiosa con él, lo acusaba, por el contrario, de tener esa misma mano «rota».) Pero además de la diferencia de índole, era indudable que Joséphin ganaba un poco más que Étienne y que la prodigalidad es siempre más fácil en la indigencia. Pocos son los que siguen siendo pródigos cuando tienen medios para serlo. Son éstos los reyes de la vida y merecen una profunda reverencia. Joséphin no nadaba en la abundancia, lejos de ello, pero además de su sueldo, que administraba metódicamente (practicaba el método llamado de los sobres, los hacía con papel de periódico o de embalaje), conseguía algún ingreso suplementario mediante algunos trucos bien pensados. Como trabajaba en los ferrocarriles, tenía derecho a viajar gratis cada quince días. De modo que un domingo de cada dos, tomaba el tren para ir a lo que se llamaba «el interior», es decir al pueblo, y recorría las fincas de los árabes para comprar más baratos huevos, unos pollos raquíticos o unos conejos. Volvía con esas mercancías y las vendía con honrado beneficio a sus vecinos. Su vida estaba organizada en todos los planos. No se le conocía mujer. Por otra parte, entre la semana de trabajo y los domingos dedicados al comercio, sin duda le faltaba el tiempo libre que exige el ejercicio de la voluptuosidad. Pero siempre había anunciado que se casaría a los cuarenta años con una mujer que ya tuviera una buena situación. Hasta ese momento permanecería en su cuarto, juntaría dinero y en parte seguiría viviendo en casa de su madre. Por extraño que pareciera, dada su falta de encanto, ejecutó el plan como lo había dicho y se casó con una profesora de piano que estaba muy lejos de ser fea y que le aportó, durante muchos años por lo menos, junto con sus muebles, la felicidad burguesa. Es cierto que al final Joséphin conservaría los muebles y no la mujer. Pero ésta era otra historia, y lo único que Joséphin no había previsto era que, a raíz de su disputa con Étienne, no podría comer en casa de su madre y tendría que recurrir a las delicias dispendiosas del restaurante. Jacques no recordaba las causas del drama. Oscuras querellas dividían a veces a la familia, y a decir verdad nadie hubiera sido capaz de desentrañar los orígenes, sobre todo porque, como nadie tenía memoria, ya no se recordaban las causas, limitándose a mantener mecánicamente el efecto rumiado y aceptado de una vez por todas. De aquel día, Jacques sólo recordaba a Ernest de pie delante de la mesa todavía servida y gritando insultos incomprensibles, salvo el de mzabí, a su hermano, que seguía sentado y comiendo. Después Ernest lo abofeteó, el hermano se levantó y retrocedió antes de abalanzarse sobre él. Pero la abuela sujetaba a Ernest, y la madre de Jacques, blanca de emoción, retenía a Joséphin desde atrás.