El primer hombre
El primer hombre —Déjalo, déjalo —decÃa, y los dos niños, pálidos, boquiabiertos, miraban inmóviles, escuchando la andanada de injurias rabiosas que fluÃa en una sola dirección, hasta que Joséphin dijo con aire desabrido:
—Es una bestia bruta. No hay nada que hacer. —Y dio la vuelta a la mesa mientras la abuela contenÃa a Ernest, que querÃa seguirlo. Y aún después de que la puerta se cerrara con un golpe, Ernest seguÃa agitado.
—Déjame, déjame —decÃa a su madre—, mira que te haré daño.
Pero ella lo habÃa cogido por el pelo y se lo tironeaba:
—¿Tú, tú le vas a pegar a tu madre?
Y Ernest cayó sobre su silla llorando:
—No, no, a ti no. ¡Tú eres como Dios para mÃ!
La madre de Jacques fue a acostarse sin terminar de comer y al dÃa siguiente le dolÃa la cabeza. A partir de ese momento, Joséphin no volvió nunca más, salvo a veces, para ver a su madre, cuando estaba seguro de que Ernest habÃa salido.