El primer hombre
El primer hombre {76} Hubo también otra pelea que a Jacques no le gustaba recordar porque no deseaba, él, conocer la causa. Durante todo un periodo, un tal señor Antoine, que Ernest conocÃa vagamente, vendedor de pescado en el mercado, de origen maltés, bastante guapo, alto y delgado, y que usaba siempre una especie de extraño bombÃn oscuro, al mismo tiempo que un pañuelo de cuadros anudado al cuello, metido dentro de la camisa, visitaba regularmente la casa, al caer la tarde, antes de la cena. Más tarde, reflexionando, Jacques recordó algo que primero no le habÃa sorprendido, y es que su madre se vestÃa con un poco más de coqueterÃa, se ponÃa unos delantales de color claro e incluso una pizca de color en las mejillas. Era también la época en que las mujeres empezaban a cortarse el pelo, que hasta entonces habÃan llevado largo. A Jacques le gustaba mirar a su madre o a su abuela cuando procedÃan a la ceremonia del peinado. Con una toalla sobre los hombros, la boca llena de horquillas, peinaban prolongadamente los largos cabellos blancos o castaños, después los levantaban, los estiraban pegándolos en los costados y los anudaban en la nuca, acribillándolos de horquillas que iban retirando una por una de la boca, con los labios separados y los dientes apretados, y plantándolos en la espesa masa del moño. La abuela encontraba ridÃcula y a la vez culpable la nueva moda, y subestimando su fuerza real, aseguraba, sin preocuparse de la lógica, que sólo las mujeres «de la vida» aceptarÃan ridiculizarse de esa manera. La madre de Jacques no necesitó que se lo repitieran y, sin embargo, un año después, aproximadamente en la época de las visitas de Antoine, volvió una noche con el pelo cortado, fresca y rejuvenecida, y declarando con una falsa alegrÃa, detrás de la cual asomaba la inquietud, que habÃa querido darles una sorpresa.