El primer hombre
El primer hombre Fue una sorpresa para la abuela, en efecto, que mirándola de arriba abajo y contemplando el irremediable desastre, se limitó a decirle, delante de su hijo, que ahora parecía una puta. Después se volvió a la cocina. Catherine Cormery dejó de sonreír y toda la miseria y el cansancio del mundo se pintaron en su cara. Después encontró la mirada fija de su hijo, trató de sonreír todavía, pero le temblaban los labios y se precipitó llorando a su cuarto, para echarse en la cama, que era su único refugio para el descanso, la soledad y los pesares. Jacques, cohibido, se acercó a ella. Catherine había hundido la cara en la almohada, los bucles cortos descubrían su nuca y los sollozos estremecían su espalda delgada.
—Mamá, mamá —dijo Jacques tocándola tímidamente—. Estás muy bonita así.
Pero ella no lo escuchó y con la mano le pidió que la dejara. El retrocedió hasta el umbral de la puerta, se apoyó contra las jambas, se echó a llorar de impotencia y de amor.{77}