El verano
El verano Desde aquí oigo a Klestakoff: «Habrá que ocuparse de algún asunto elevado». ¡Ay! Es muy capaz de hacerlo. Que alguien lo anime, y poblará este desierto en unos pocos años. Pero, de momento, un alma un poco reservada debe protegerse en esta ciudad fácil, con su pasacalle de jovencitas maquilladas, y sin embargo incapaces de aportar emoción, simulando tan mal la coquetería que enseguida se les descubre el truco. ¡Ocuparse de algún asunto elevado! Contemplen, mejor: Santa Cruz tallada en la roca, las montañas, el mar plano, el viento violento y el sol, las grandes grúas del puerto, los trenes, los almacenes, los muelles y las rampas gigantescas que trepan por el roquedal de la ciudad, y, en la propia ciudad, esos juegos y ese aburrimiento, ese tumulto y esa soledad. A lo mejor es verdad que todo eso no es demasiado elevado. Pero el premio que entregan estas islas superpobladas es que el corazón se desnuda en ellas. El silencio ya sólo es posible en las ciudades ruidosas. Descartes le escribe desde Amsterdam al viejo Balzac: «Me paseo todos los días entre la confusión de un gran pueblo, con la misma libertad y tranquilidad con que usted podría hacerlo en sus alamedas[2]».