El verano
El verano Forzados a vivir ante un paisaje admirable, los oraneses han conseguido salir victoriosos de esta temible prueba recubriéndose de edificaciones bien feas. Uno espera una ciudad abierta al mar, lavada, refrescada por la brisa de los atardeceres. Y, si se excluye el barrio español[3], se encuentra con una ciudad vuelta de espaldas al mar, construida girando sobre sí misma, como un caracol. Oran es un gran muro circular y amarillo cubierto por un cielo duro. Al principio, se vaga en el laberinto, se busca el mar como el signo de Ariadna. Pero se da vueltas en redondo por calles brutales y opresivas y, al final, el Minotauro devora a los oraneses: es el aburrimiento. Hace mucho tiempo que los oraneses ya no vagan. Han aceptado ser comidos.