El verano
El verano No se puede saber lo que es la piedra sin venir a Oran. En esta ciudad, más polvorienta que ninguna otra, el pedrusco es el rey. Lo quieren tanto que los comerciantes lo exponen en sus escaparates para sujetar los papeles o, aún más: sólo de muestra. Lo amontonan a lo largo de las calles, sin duda nada más que para darle gusto a la vista, puesto que, pasa un año, y el montón está en el mismo sitio. Lo que en cualquier otra parte extrae su poesÃa de lo vegetal, adopta aquà un rostro de piedra. Han recubierto cuidadosamente de polvo el centenar de árboles que puede encontrarse en la ciudad comercial. Son vegetales petrificados que dejan caer de sus ramas un olor áspero y polvoriento. En Argel, los cementerios árabes tienen esa quietud ya conocida. En Oran, por encima del barranco Ras-el-Ain, y en este caso de cara al mar, pegados contra el cielo azul, hay campos de pedruscos gredosos y quebradizos en los que el sol prende cegadores incendios. En medio de esas osamentas de la tierra, de tarde en tarde un geranio púrpura le da su vida y su sangre fresca al paisaje. La ciudad entera está coagulada sobre una ganga pedregosa. Vista desde los Planteurs, es tal el espesor de los acantilados que la cercan, que el paisaje se vuelve irreal a fuerza de ser mineral. El hombre ha sido proscrito. Tanta pesada belleza parece venir de otro mundo.