El verano
El verano Y precisamente el pick-up anuncia a Amar, «el correoso oranés que no ha rendido las armas», contra Pérez, «el pegador argelino». Un profano interpretaría de forma equivocada los aullidos que acogen la presentación de los boxeadores en el ring. Se imaginaría algún combate sensacional en el que los boxeadores zanjaran una querella personal ya conocida por el público. En realidad sí que es una querella lo que van a zanjar. Pero se trata de la que, desde hace cien años, enfrenta a muerte a Oran y Argel. Si retrocediéramos unos pocos siglos, estas dos ciudades norteafricanas se habrían ya desangrado hasta la última gota, como lo hicieron Florencia y Pisa en tiempos más felices. Su rivalidad es aún más fuerte en la medida en que no tiene ninguna razón de ser. Tienen todos los motivos para quererse y se detestan en la misma proporción. Los oraneses acusan a los argelinos de «finos». Los argelinos van diciendo que los oraneses no tienen estilo. Se trata de insultos más crueles de lo que parece, puesto que son metafísicos. Y, ya que no pueden asediarse, Oran y Argel se juntan, luchan y se insultan en el terreno del deporte, de las estadísticas y de las obras públicas.