El verano
El verano Así que lo que se desarrolla en el ring es una página de la historia. Y el correoso oranés, apoyado por un millar de voces aullantes, defiende contra Pérez una manera de vivir y el orgullo de una provincia. En honor a la verdad, Amar lleva las de perder en su discusión. Su defensa adolece de un vicio de forma: carece de envergadura. El pegador argelino, por el contrario, tiene la requerida. Llega con persuasión al arco superciliar de su oponente. El oranés se escuda magníficamente entre el vocerío de un público desatado. Pese a los repetidos ánimos de la galería y de mi vecino, pese a los intrépidos «reviéntalo», «dale caña», los insidiosos «golpe bajo», «Ah, conque el arbitro no ha visto nada», y los optimistas «está muerto», «no puede más», el argelino es proclamado vencedor por puntos entre interminables abucheos. Mi vecino, a quien se le llena la boca hablando del espíritu deportivo, aplaude ostensiblemente, al tiempo que me susurra con una voz apagada por tantos gritos: «Así no podrá decir allá abajo que los oraneses son unos salvajes».