El verano
El verano El último combate enfrenta a un campeón francés de la marina con un boxeador oranés. En esta ocasión, la diferencia de envergadura favorece al segundo. Pero sus ventajas durante los primeros asaltos no emocionan a la multitud, que incuba su excitación, se repone. Su aliento todavía es corto. Si aplaude, lo hace sin pasión. Silba sin animosidad. El local se divide en dos bandos: es necesario, para que se cumplan las reglas. Pero la elección de cada cual obedece a esa indiferencia que sucede a los grandes esfuerzos. Si el francés «aguanta», si el oranés se olvida de que no se ataca con la cabeza, se doblega al boxeador con una sarta de silbidos, pero enseguida se lo levanta con una salva de aplausos. Hay que llegar al séptimo asalto para que el deporte vuelva a la superficie, al tiempo que los verdaderos aficionados empiezan a emerger de su fatiga. En efecto, el francés se ha ido a la lona y, deseoso de recuperar puntos, se ha echado encima de su adversario. «Ya está, ha dicho mi vecino, esto va a ser un zafarrancho». En efecto, es un zafarrancho. Cubiertos de sudor bajo la iluminación implacable, los dos boxeadores abren su guardia, golpean con los ojos cerrados, empujan con los hombros y con las rodillas, intercambian su sangre y resoplan de rabia. Al mismo tiempo, el local se ha puesto en pie y jalea los esfuerzos de sus dos héroes. Recibe los golpes, los devuelve, los hace retumbar en mil voces graves y anhelantes. Los que habían elegido a su favorito en medio de la indiferencia se empeñan ahora en mantener su elección por cabezonería y se exaltan. Cada diez segundos, penetra un grito de mi vecino en mi oreja derecha: «¡Vamos, almirante! ¡Venga, marinerito!», mientras que un espectador que está delante de nosotros le aulla al oranés: «¡Anda! ¡Hombre!»[4]. El hombre y el «almirante» van, y con ellos, en este templo de cal, chapa y cemento, un local entregado por entero a dioses con la frente baja. Cada golpe que suena sordo en los pectorales relucientes repercute con enormes vibraciones sobre el cuerpo mismo de la multitud que entrega, con los boxeadores, su último esfuerzo.