El verano

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En esa atmósfera, el combate nulo es mal acogido. De hecho, contraría en el público una sensibilidad completamente maniquea. Existen el bien y el mal, el vencedor y el vencido. Hay que tener razón, en el caso de que no se esté equivocado. La conclusión de esta lógica impecable la ofrecen inmediatamente dos mil enérgicos pulmones que acusan a los árbitros de estar vendidos o comprados. Pero el «almirante» ha ido a abrazar a su adversario en el ring y bebe su sudor fraternal. Eso es suficiente para que el local, retractándose de inmediato, estalle en aplausos. Mi vecino tiene razón: no son salvajes.

La multitud que se derrama por el exterior, bajo un cielo lleno de silencio y estrellas, acaba de librar el más agotador de los combates. Se calla, desaparece furtivamente, sin fuerzas para la exegesis. Existen el bien y el mal, esta religión no tiene piedad. La cohorte de fieles no es más que una asamblea de sombras negras y blancas que desaparece en la noche. La fuerza y la violencia son dioses solitarios. No le dan nada al recuerdo. Al revés: distribuyen sus milagros a puñados en el presente. Están hechos a medida de este pueblo sin pasado que celebra sus comuniones en torno a los rings. Son ritos un poco difíciles, pero que lo simplifican todo. El bien y el mal, el vencedor y el vencido: en Corinto, había dos templos contiguos, el de la Violencia y el de la Necesidad.


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