El verano

El verano

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Los cuadros de ciertos maestros flamencos retoman con insistencia un tema de amplitud admirable: la construcción de la Torre de Babel. Se trata de paisajes desmesurados, rocas que escalan el cielo, escarpaduras donde abundan obreros, animales, escaleras, extrañas máquinas, cuerdas, aparejos. El hombre aparece nada más que para que se pueda medir la grandeza inhumana de la obra. Es eso piensa uno ante la cornisa oranesa, al oeste de la ciudad.

Colgados de inmensas escarpas, raíles, vagonetas, grúas, minúsculos trenes… En medio de un sol devorador, locomotoras que parecen de juguete rodean enormes bloques entre los pitidos, el polvo y el humo. Día y noche, una población de hormigas se agita sobre la carcasa humeante de la montaña. Colgados de una misma cuerda contra el flanco del acantilado, decenas de hombres, con el vientre apoyado en las empuñaduras de las taladradoras automáticas, se agitan en el vacío durante todo el día, y arrancan pedazos enteros de rocas que se derrumban entre el polvo y los rugidos. Más lejos, se vuelcan vagonetas en las pendientes, y los pedruscos, arrojados bruscamente al mar, se precipitan y ruedan hasta el agua, seguido cada bloque grande por una bandada de piedras más ligeras. A intervalos regulares, en medio de la noche, o en pleno día, las detonaciones hacen temblar toda la montaña y agitan incluso el mar.


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