El verano
El verano El hombre, en mitad de esa cantera, ataca la piedra de frente. Y si al menos por un instante se pudiera olvidar la dura esclavitud que posibilita ese trabajo, habría que admirarse. Esas piedras arrancadas de la montaña sirven a los propósitos del hombre. Se acumulan bajo las primeras olas, emergen poco a poco, y por fin se ordenan dibujando una escollera, pronto cubierta de hombres y máquinas que avanzan día tras día mar adentro. Sin parar, enormes mandíbulas de acero escarban el vientre del acantilado, giran sobre sí mismas y van a verter al agua su excedente de piedras. A medida que mengua el perfil de la cornisa, la costa entera avanza irresistible en el mar.
Claro que no es posible destruir la piedra. Tan sólo se la cambia de lugar. De cualquier manera, durará más que los hombres que la utilizan. De momento, respalda su voluntad de acción. Sin duda, incluso eso es inútil. Pero cambiar las cosas de lugar es trabajo de hombres: hay que elegir entre hacer eso o no hacer nada[6]. Está claro que los oraneses han elegido. Ante esta bahía indiferente, acumularán montones de piedras a lo largo de la costa durante unos años más. Y en otros cien años, es decir, mañana, habrá que empezar de nuevo. Pero hoy esos montones de piedras dan testimonio de los hombres que, con una máscara de polvo y sudor, circulan entre ellos. Los verdaderos monumentos de Oran siguen siendo estas piedras.