El verano
El verano Pero la inocencia necesita arena y piedras. Y el hombre ha olvidado vivir entre ellas. Al menos hay que creerlo así, puesto que se ha atrincherado en esa ciudad singular en la que duerme el aburrimiento. Ese enfrentamiento marca, no obstante, el precio de Oran. Capital del aburrimiento, asediada por la inocencia y la belleza, el ejército que la cerca tiene tantos soldados como piedras. Y, sin embargo, en plena ciudad, a ciertas horas, ¡qué tentación, pasarse al enemigo!, ¡qué tentación, identificarse con esas piedras, confundirse con ese universo ardiente e impasible que desafía a la historia y sus agitaciones! Tentación vana, sin duda. Pero hay en el interior de cada hombre un instinto profundo que no es ni el de la destrucción ni el de la creación. Se trata únicamente de no parecerse a nada. A la sombra de los muros calientes de Oran, en su asfalto polvoriento, se escucha a veces esa invitación. Durante un tiempo, parece que los espíritus que ceden a ella no se frustren jamás. Son las tinieblas de Eurídice y el sueño de Isis. Los desiertos donde el espíritu acude a descansar, la mano fresca del anochecer en un corazón agitado. En este Monte de los Olivos, la vigilia es inútil; el espíritu se une a los Apóstoles dormidos y los aprueba. ¿De verdad se equivocaban? Obtuvieron de todos modos su revelación.