El verano
El verano Pensemos en Çakya-Muni en el desierto. Permaneció allí durante largos años, acurrucado, inmóvil y con los ojos dirigidos al cielo. Los mismos dioses le envidiaban esa sabiduría y ese destino de piedra. Las golondrinas habían hecho nido en sus manos tendidas y endurecidas. Pero un día volaron a la llamada de tierras lejanas. Y quien había matado en sí deseo y voluntad, gloria y dolor, se echó a llorar. De la misma manera brotan las flores en la roca. Sí, aceptemos la piedra cuando haga falta. También ella puede brindarnos el secreto y la expresión que les pedimos a los rostros. Aunque, sin duda, no iba a durar mucho. Pero ¿qué es lo que puede durar? El secreto de los rostros se esfuma y entramos de nuevo en la cadena de los deseos. Y si la piedra no puede hacer por nosotros más que el corazón humano, por lo menos puede hacer tanto como él.